Opinión

La obra narrativa de Francisco Arévalo es el retrato vivo de una época, el testimonio de un explorador que se permite ser parte del relato y se queja de la plaga, del viaje y de las bárbaras costumbres del lugar, sin preocuparse por la objetividad que le exige la descripción etnográfica.

El ciudadano común vigila receloso, esperando los unos de los otros y todavía que otros resuelvan, pero el tiempo pasa y la necesidad de actuar se acentúa. Sabemos que no hay secretos eternos. Nada serio se puede preparar sin que se sepa. En consecuencia hay que apresurarse. Todo está infiltrado. Este es un riesgo que debe asumirse a plena conciencia de su gravedad. El país está tomado por el crimen organizado. No se trata de delincuencia común.

¿Qué decir de los centros de salud que se derrumban a vista de habitantes y pacientes? ¿Que no dice la población de los entuertos y penosos incidentes que han pasado con el servicio de agua a nivel de Heres, Caroní y Piar?

La lucha por la democracia no es un ejercicio instrumental, autista, procesal, negocial, meramente electoral, en el que las formas se pueden sobreponer según la conveniencia y al fondo de las cosas. Menos en un momento en el que el llamado desencanto con la democracia y con los partidos significa, antes bien, un reclamo a gritos por la calidad de la democracia y por la decencia de quienes asumen ser sus artesanos.

Hay quienes piensan que un lector es un sujeto peligroso pues en él germina un ser crítico, angustiado, reflexivo, que ha conocido los mundos imaginarios de los libros y sabe, por ende, que este en el que vive puede ser distinto y mejor.

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