La muerte de Chávez no frenó el embate de la vocación dictatorial, por el contrario, ha supuesto la expansión del control totalitario sin ningún cuidado de formas

En El Zócalo atiborrado por la manifestación popular, lo que es la Plaza La Constitución, se concentraron las emociones multiplicadas por el inicio de la nueva historia. Es la percepción de la reseña de los medios internacionales con motivo de la toma de posesión del señor Andrés Manuel López Obrador; cobertura que a su modo, por cierto, también hizo la prensa presidencial venezolana desde la página del Ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información, fechada 1/12/2018. “En el lugar, más de 150 mil personas expresaron su alegría tras el triunfo y la toma de posesión del nuevo presidente mexicano que se proyecta como un líder defensor de los derechos y la igualdad de oportunidades, pero también cientos de personas se avocaron a expresar su admiración por el mandatario venezolano, pues lo consideran un ejemplo de lucha, resistencia y batalla ante el mundo oligárquico que desean imponer los gobiernos de la derecha de diversas naciones”. No hubo mención relevante allá sobre la institucionalidad o posibles conquistas democráticas del país azteca, como tampoco en el año 1998, cuando la celebración tomó las calles de Venezuela para abrir, era apuesta segura, el ciclo de transformaciones anheladas por el sentimiento popular ampliamente mayoritario. Lo importante en el ayer nacional fue el triunfo a manos de un hombre “predestinado” al que la sociedad otorgó un “cheque en blanco” para lograr la esquiva y manoseada justicia social. Parece pertinente comparar el fervor de la muchedumbre al nuevo presidente mexicano y lo que fue la emoción concentrada en el Ateneo de Caracas, cuando el proclamado vencedor de las elecciones presidenciales, comandante Hugo Chávez, el 6 de diciembre de 1998, invitó en su discurso al cambio del país. No solo convocó a la nación en un gesto que impresionó hasta los pocos que le veían con recelo y resquemor, sino que igualmente juró con quitarse el nombre si la pobreza, el desamparo infantil y la indigencia continuaban en la patria que el reclamaba para todos. ¡Caramba! ¿Cómo no recordarlo? ¿Cómo ese proceso ante la energía, exhortada por las tradiciones ancestrales, en México parece hacerse similar al de nosotros? En los discursos de inicio, al menos. ¿Cómo no recordar?, en estas dramáticas horas de desdichas que vivimos hoy con muertes de niños por desnutrición, niveles terribles de pobreza extrema, hiperinflación, amenaza de hambruna, inmigración, violencia criminal, persecución y muerte a voces disidentes. Precisamente en este diciembre de 2018, tras veinte años de ruta del proyecto político del fallecido comandante. Veinte años que no son nada pero que son muchos e inaguantables en el desmantelamiento físico y moral de Venezuela.

Desde la democracia táctica a la democracia vacía

“Hugo Chávez, finalmente se declaró marxista. En una alocución del 19 de diciembre de 2009 (www.Noticias24.com, 19-12-2009) y en su mensaje al Parlamento del 15 de enero de 2010 (El Universal 16-01-2010, página 1.1), el líder de la revolución bolivariana afirmó: “Yo me he declarado marxista” y “por primera vez asumo el marxismo”. Para muchos esto no era sino otra chanza de las tantas del presidente. Pero cuidado con asumir esa declaración como una travesura. Ella forma parte de las ideas centrales que comandan la estrategia de la toma del poder que viene operando en Chávez y su élite, desde antes del intento de golpe de 1992. La idea de democracia de Chávez nada tiene que ver con la que el mundo occidental moderno ha vivido. Esta idea clave ha sido formulada con claridad recientemente por Casal (2011) cuando afirma que “el Estado de Derecho no forma parte del ideario del proceso”. Del trabajo “La progresiva supresión del estado federal descentralizado y la imposición de un estado comunal centralizado y autocrático en Venezuela”, Carlos Mascareño. Texto: Una lectura Sociológica de la Venezuela Actual. UCAB- Fundación Konrad Adenauer. 2013.

Si algo ha mostrado este pedregoso proceso de marchas y contra marchas; con manipulación de parte del poder socialista (Poder Judicial, auxiliar de decisiones del régimen- imposición de decretos ante derrota en consulta sobre la reforma constitucional) y reacciones suicidas (paro petrolero - sucesos de abril de 2002) de parte de una oposición política que se ha hecho desconocida y ajena con el tiempo, ha sido el avance de control por parte del aparato gubernamental que exhibe “por ahora” la conjunción del Estado-partido-gobierno en un solo ente que atenaza la vida de los venezolanos. La muerte de Chávez no frenó el embate de la vocación dictatorial, por el contrario, ha supuesto la expansión del control totalitario sin ningún cuidado de formas; que no ha llegado más lejos porque los problemas económicos debido a la gigantesca e impresionante corrupción y los despilfarros e ineficiencia se atravesaron en el camino, impidiendo seguir gastando a manos llenas los recursos en los aparatos del control social y político implementados por el presidente galáctico, con los que sin embargo se hacen pantomimas y maniobras en el presente. Destaca, como bien han dicho especialistas, que el mejor aprovechamiento del proyecto chavista (donde es condición revolucionaria la verdad exclusiva) ha sido el modo de vida del país, producto de la renta petrolera, que permitió a la sociedad obtener niveles de desarrollo moderno, pero en la creencia de merecer de la acción gubernamental el sustento automático. La justicia por lo tanto fue dictada por el carisma del comandante (nunca las instituciones fueron tan vacías) ante el que no podía haber palabra en contario. “Dije Ameliach y no Lacava” fue la respuesta presidencial en concentración en Carabobo, ante sus partidarios que gritaban la segunda opción: ¡No se dijo más! Para aquellos que persistieron en enfrentar sus acciones, les fue impuesto el escarnio público, las amenazas, persecuciones, cárceles, la compra de conciencias y hasta el dejar morir como fue el caso ya casi tan lejano de Franklin Brito.

Del bochinche a la memoria

La informalidad confundida con la sencillez nos ha traído una de las más caras tragedias nacionales. Veinte años lo remarcan a pesar que aún quedan quienes defienden esa amalgama de improvisaciones que resultó la propuesta del comandante Chávez, como podía esperarse de un animador y audaz cuentista. El bochinche, el dejar hacer, la búsqueda de prebendas personales, la falta de aplicación de los preceptos constitucionales. “Los rabos de paja” de personeros del país que callaron ante las aberraciones, son muestras de los complejos de la sociedad venezolana ante las exigencias de la modernidad. Se pretendió la felicidad colectiva con invenciones de paraísos, estimulados por “defensores” que tienen en los más necesitados la audiencia ideal para las promesas de falsas justicia, mientras los altos mandos se llenan de riquezas. La lección: El Estado de Derecho, la libertad, el trabajo, la educación, la familia, la democracia, los partidos políticos, la sociedad civil y las instituciones son entes de construcción en los que la sociedad debe esforzarse para organizar el bienestar. En el estado Bolívar, tenemos nuestros particulares capítulos del socialismo del siglo XXI; el invento del comandante muerto. Capítulos que no cesan en el atropello y que por supuesto hay que contarlos con todos sus detalles. Dígase por los momentos que euforias como la de 1998 (que no deseamos a otras latitudes) tendrá garantía de no olvidarse jamás, a causa de los sacrificios y la sangre de nuestros muchachos que en trombas se fueron a a otros países huyendo de la opresión. Ahora si quedarán en la calificada corta memoria nacional; los jóvenes por el mundo se encargarán de recordarlo siempre.

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