Chávez dividió el alma de los venezolanos, y lo hizo a conciencia; porque llamar escuálidos a los opositores no fue una ocurrencia sino el catalizador de la mencionada venganza -de la cual habló Delcy Rodríguez en una entrevista con José Vicente Rangel, con el detalle de que ni ella ni su hermano Jorge, ni nadie de su familia fueron nunca marginales sociales-.

1. Durante algunos años los voceros de la izquierda internacional así como muchos analistas patrios incautos optaron por reconocerle al chavismo el haber despertado en el pueblo llano el interés por la política y por los asuntos públicos en general. La realidad en cambio indica que ese paradigma es falso de origen, porque de haber sido así Maduro no habría ganado ninguna de las dos elecciones presidenciales, incluso con el conocido fraude de ley del empadronamiento electoral y la manipulación de los resultados. De haberse despertado a la realidad política, el venezolano difícilmente habría aceptado tanto abuso durante tanto tiempo. Más bien lo que Chávez potenció fue un deseo de venganza que provenía de una frustración generalizada en los sectores más pobres del país -que, además, eran la mayoría de la población- nacida de la desesperanza por una vida mejor, y de la percepción -real o falsa, justa o injusta- de que las élites gobernantes -léase los dos partidos que sustentaban el sistema- se habían olvidado de ellos, luego, además de haberles vendido con mucho éxito la noción de una Venezuela rica y de un país rentista donde todos nacían con la arepa bajo el brazo, una operación de marketing político que duró más de treinta años y que al no cumplir con las expectativas creadas, adicionalmente fue el argumento para acusar de corrupción a toda esa élite, puesto que tanto dinero -el mismo argumento expuesto en el punto anterior con relación al chavismo-, tenía que haberse ido a alguna parte, esto es, a los bolsillos de los políticos vivarachos.

2. Chávez dividió el alma de los venezolanos, y lo hizo a conciencia; porque llamar escuálidos a los opositores no fue una ocurrencia sino el catalizador de la mencionada venganza -de la cual habló Delcy Rodríguez en una entrevista con José Vicente Rangel, con el detalle de que ni ella ni su hermano Jorge, ni nadie de su familia fueron nunca marginales sociales-. Chávez abordó la realidad de la disidencia como una guerra mediante la cual ésta no debía ser solamente censurada, reprimida y torturada, sino que debía ser físicamente eliminada. Al comandante no le dio tiempo de ver este abordaje en pleno funcionamiento, pero una vez establecidas sus bases solo era cuestión de tiempo para que la represión pasara a un plano más letal, como ha sido en los conocidos casos de los opositores asesinados por el régimen durante estos años con Maduro en el poder.

3. Pero para Chávez, la represión a partir de esa manera de concebir una sociedad y la relación de sus miembros con el poder establecido, no solamente tenía que estar a cargo de los cuerpos destinados al efecto -policía política Sebin, o fuerzas del orden como la Guardia Nacional Bolivariana-, sino que él mismo legitimó la represión a cargo de las turbas populares debidamente manipuladas y financiadas, como los colectivos, cuya relación con el Estado ha sido tan intensa y cercana que el mismo régimen terminó por perder el control de estos grupos, quienes -literalmente- se han establecido como mini estados dentro del mismo Estado, controlando barrios enteros e incluso dispensando justicia local -valga el término- al tiempo que realizan sus rutinarias actividades criminales.

4. El país por tanto, ha sucumbido al odio social, el cual se ha materializado en centenares de miles de armas en manos de otros tantos venezolanos. Chávez adoptó públicamente el dicho caribe Ana Karina rote -solo nosotros somos gente- para aplicarlo a la lucha política y así excluir a todo aquel que no se sometiese a sus caprichos -comenzando por Diosdado Cabello, humillado repetidas veces y excluido de la sucesión presidencial-; así mismo hablaba de rodilla en tierra, supuestamente apertrechado de un rifle para aniquilar al enemigo. Introdujo con alevosía el término de afrodescendiente, y no precisamente por razones de taxonomía sino para acentuar la diferencia entre el color de piel de casi todos los venezolanos y el de una minoría de piel más clara, a la cual asoció como la culpable de todos los males del país, olvidando convenientemente que el racismo era prácticamente inexistente en Venezuela, y que también se puede ser pobre y honesto siendo de piel clara.

5. Sembrar odio social contradice la esencia de la misión de todo gobernante, sea demócrata, autócrata o dictador, porque a todos les conviene sumar, especialmente a estos dos últimos. Salvo por las conocidas razones religiosas extremistas e integristas que prevalecen en algunas partes del globo -como Irán, Arabia Saudita, Pakistán, Myanmar, etc.-, los gobernantes sensatos no cultivan intencionalmente la división social, porque nunca se sabe cuándo podrán necesitar a la parte excluida. En este sentido Chávez probó ser muy torpe, y la prueba de ello es que nunca pudo captar a su favor ese 40% del país que siempre se le resistió -blancos, negros, mulatos, indígenas incluidos…

6. Por otra parte, gobernar no es un acto de guerra; si acaso la guerra es previa a la toma exitosa del poder, pero una vez alcanzado el esfuerzo debe ser orientado a integrar a todo el mundo en ese nuevo proyecto nacional. Por supuesto que la pacificación de la disidencia armada y que aún resiste conlleva continuar con las acciones armadas, pero salvo las revueltas del siglo XIX e inicios del XX, éste no era ni de lejos el caso de la Venezuela con la que Chávez se topó, sea por haber llegado al poder por la vía pacífica y electoral y porque durante todos estos años no ha habido conspiraciones ni levantamientos civiles -el insensato golpe de Carmona, tanto en su concepción como en lo absurdo de su desenlace no hay que buscarlo entre civiles conspiradores, sino entre militares, algo que el régimen convenientemente se encargó de callar.

7. El odio social promovido por Chávez, además, fue un instrumento adicional de clientelismo a favor del régimen, puesto que muchos de esos variadísimos grupos culturales étnicos creados ad hoc, no generaban cultura alguna, ni tenían actividad conocida, y solo servían para recibir esa paga o prebenda como activistas del régimen. Por otra parte, los grupos culturales que sí respondían a su misión, siempre tuvieron amplia receptividad durante toda la democracia prechavista.

8. Dentro de la política de odio social chavista no puede dejarse de lado reseñar el tratamiento humillante hacia lo indígena, como si los lejanos habitantes de nuestra periferia urbana anduvieran esperando alguien que los libertara. Las comunidades indígenas siempre han estado cercanas a las instituciones de base de su región, como la Gobernación y la respectiva Alcaldía, y no hacía falta que el chavismo los rescatara para que a la postre muchos terminaran mendigando por las calles de las grandes ciudades.

9. En síntesis, el odio social chavista ha logrado imponerse y su erradicación no será nada sencilla, como no lo fue hasta bien entrado el siglo XX luego de heredar las revueltas del siglo anterior. Ese odio social se resume en una absurda taxonomía racial y en la imposición de un deseo de venganza social que pudo acuerparse mediante el reparto de prebendas para disponer de una enorme masa clientelar en apoyo al régimen, y para que fuera hostil a todo lo no chavista. En este sentido no había que ser ni rico ni vivir en urbanizaciones privilegiadas para ser objeto de dicho odio, puesto que los mismos colectivos se han encargado de atormentar a toda la gente decente que vive en los barrios bajo su dominio.

10. Las razones por las que Chávez impuso este odio social no son solamente políticas -aunque erradas a partir de su concepción del poder-, sino mentales. La conducta del comandante, como la de cualquier persona, en parte se derivó de sus vivencias, traumas y éxitos de la infancia y adolescencia. Las raíces del resentimiento exudado por el barinés están justamente ancladas en aquellos sus primeros años. De manera que el legado chavista del odio está asociado con el poder del que un desequilibrado mental dispuso a discreción.

Tal vez lo peor de este legado de odio no es que Chávez no haya sabido superar sus traumas y complejos personales, sino que ha incapacitado al país para hacerlo y así superar la división social de la que padece desde hace veinte años.

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