Esta ignominia llamada “sucialismo del siglo XXI” y sus acólitos adláteres nos pusieron a mendigar gasolina, comida, medicinas, salud, y a exponer lo más hermoso y rico que puede tener una nación: su dignidad.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La voz de quien funge como la máxima autoridad del estado Bolívar, cuyo nombre prefiero no mencionar por razones de estricta salud mental personal, sólo agregó más angustia de la que mi psiquis ha tenido que acumular y soportar, no solamente en los últimos meses de lo que va del año, sino desde hace 20 años. Convocaba al gremio médico a acudir hasta el aeropuerto Manuel Carlos Piar de Ciudad Guayana para someterse a una especie de censo en el que recibiríamos una tarjeta hecha en fina cartulina glasé, que literalmente tiene tres logos: del gobierno bolivariano y de la Gobernación del estado Bolívar en los extremos, de Pdvsa en medio, debajo tenía transcrito: “Tarjeta Control combustible sector salud”.

Quería como despertarme de una pesadilla, pero no era así. Este es desgraciadamente uno de los miles cotidianos episodios de humillantes vejaciones a las que hemos estado siendo sometidos los venezolanos desde que aquel fatídico oscuro 2 de febrero de 1992 Hugo Chávez llegó al poder. Estaba viviendo y en camino a presenciar otra más de las tristísimas como dolorosas realidades que conforman la más horrenda tragedia que todos los venezolanos estamos siendo sometidos desde entonces. Lo que presencié, no fue ni más ni menos, que otro espantosamente triste episodio, de entre los muchísimos con los que nos han atormentado este inédito, históricamente hablando, disparate llamado “socialismo del siglo XXI”. “Por si fortis incurritis calaverin coquin” (por si las moscas), el vocablo “sucialismo” no es un barbarismo mío. Es totalmente ex profeso.

No bien amaneció, fui con mi esposa a registrar nuestros vehículos en el fulano censo convocado para el gremio médico, con la finalidad de otorgarnos el mencionado deshonroso cartón con el que nos racionarían la gasolina. Me vino a la memoria el humillante CLAP: una cajita vejatoria contendiente de unos pocos alimentos (algunos de pésima calidad sanitaria, que a algún enchufado lo hizo multimillonario de la noche a la mañana), con el que no come una familia de cuatro personas una semana entera, decir un mes, es un sueño diabólico producto de mentes retorcidas, burla depravada a las que ha estado siendo sometida la población más vulnerable de nuestra sociedad: los pobres, los obreros. Ahora nos tocó el turno a los médicos.

Camino a lo que va quedando del aeropuerto que sirve a la ciudad de Puerto Ordaz (como todos los del país: destartalados, literalmente en ruinas), pasé por dos estaciones de servicio, cuyas colas eran kilométricas, interminables, a pesar del horario de racionamiento, otro de los innovadores inventos de los jerarcas rojo-rojitos, con los que al parecer, todos los días se las ingenian para torturarnos más a todos los venezolanos. Con esta nada novísima improvisación ideada en la Haba-Cuba, nos tocó en turno del martirio a los médicos y demás trabajadores de la salud. Con un lujoso cartón se nos anuncia en qué país sobrevivimos los venezolanos mártires. En dicha tarjeta de racionamiento (eso es lo que es, entre otros suplicios), se nos registrarán las veces que cada uno surtirá con una limitada cantidad de litros de gasolina al vehículo. Sospechaba que de esto se trataría tal humillante convocatoria, era a la que nos enfrentaríamos todos los galenos de Ciudad Guayana. No me equivoqué. A la llegada siguieron los disparates. Para poder entrar a las inmediaciones del estacionamiento del campo aéreo, mi esposa y yo tuvimos que pagar, cada uno, “mil soberanos”.

Llegamos a una primera estación martirizadora del periplo inquisidor: una montonera de colegas, de algunas enfermeras, pocas bioanalistas, estaban agolpados para anotarse en una lista. Conté más de doscientos anotados. Detrás venía otro grupo. Calculé que habían venido a registrarse tal número de profesionales de la salud, que me pregunté: ¿Quiénes habrán quedado para atender a los pacientes? A mí, me llamaron algunos. A todos tuve que posponerlos para después, tal vez para el otro día. Una segunda estación, cual vía crucis camino al calvario, llegamos al sitio de la crucifixión: el hangar de la des-gobernación del estado Bolívar, que luego de pasar horas debajo del inclemente sol guayacitano, unas sillas plásticas me parecieron butacas de avión de primera clase. Allí sentados nos movíamos pasando de silla en silla rumbo a la mesa en donde estaban lo que más me parecía a un juzgado de primera instancia en lo penal, para alcanzar a unas, hay que reconocerlo, unas amables señoritas, aunque había una señora morena que parecía medio obstinada o completamente obstinada.

Cada quien tuvo su turno para registrarse y recibir el fulano cartón. ¿Cómo este pueblo se ha acostumbrado tanto a ser humillado de esta y otras muchas maneras? Todos salíamos recordando las épocas cuando de estudiantes, o de posgrado, salíamos haciendo una señal de victoria tras haber aprobado un martirizador examen final, blandiendo el cuero de chivo que llevaba inscrito en letras apropiadas el título de “Médico Cirujano”, o de Especialista, Magíster en la Especialidad, o el Doctorado en Ciencias Médicas, pues más de uno salía dibujando, de oreja a oreja, explanada sonrisa, blandiendo la fulana tarjeta de racionamiento de combustible, como si de una dádiva amorosa se tratara, como si de un desventurado como degradante privilegio fura el asunto.

Este es parte de otros muchos episodios vergonzosos y atorrantes eventos hecho en robolución, en el país con las reservas petroleras más grandes del planeta, que posee el segundo complejo refinador de hidrocarburos más grande del mundo. Esta ignominia llamada “sucialismo del siglo XXI” y sus acólitos adláteres nos pusieron a mendigar gasolina, comida, medicinas, salud, y a exponer lo más hermoso y rico que puede tener una nación: su dignidad.

Pero no olviden: no hay mal que dure cien años. Un día, cual Ave Fénix, los venezolanos resucitaremos desde nuestras propias cenizas, con las miradas orgullosamente levantadas, como una nación que aprendió la lección. Nunca olvidaremos quiénes estuvieron acompañándonos en esta dolorosa travesía. Tampoco a los que nos olvidaron, a los que nos hicieron a un lado, tratándonos como escoria a la que todo el mundo le da una patada.

Recuerden que riquezas, debajo del suelo patrio, es lo que nos sobra con abundancia, que encima del suelo patrio han nacido venezolanos ejemplo de probidad, diligencia y excelencia. No todo en este país es ignorancia robolucionaria. Vendrá el día en el que sabrán de qué tamaño e intensidad es el tricolor de la fibra con la que estamos hechos los venezolanos de bien.

Template by JoomlaShine