La prensa es en sí misma un tema vital en las democracias. Aún se discute sobre cuál fue su rol sea en haber aupado o intentado evitar el deslave de la democracia venezolana.

Soy de las que considera que mejor es dejar quieta a la libertad de prensa. Sin censura ni autocensura. No falta quien con buenas intenciones haya querido normarla, pero los riesgos serían tales que es mejor dejar la libertad de prensa con las fallas e imprecisiones que pudiere tener.

La prensa es en sí misma un tema vital en las democracias. Aún se discute sobre cuál fue su rol sea en haber aupado o intentado evitar el deslave de la democracia venezolana. ¿Qué rumbo tenía en esos años? ¿Qué buscaba? Hay muchas teorías rondando sobre complicidades y traiciones o de si los medios efectivamente sabían “donde estaban parados” o a quiénes les estaban haciendo el juego. Es sabido que hay políticos quienes después de haber utilizado y gozado de enormes espacios de expresión, después arremetieron brutalmente contra el sistema de libertades y aún lo atacan vilmente sin el menor escrúpulo.

Hubo muchas críticas a los años de democracia que tuvimos en este país. Pensamos que nuestra democracia era sólida y que iba a aguantar derroches innecesarios y sostenidos de insultos. No se calculó sobre lo que efectivamente funcionaba en ella y debía ser protegida. Al parecer la prensa sólo veía enemigos dentro de los partidos políticos tradicionales y se hizo la vista gorda con los militares y cierta izquierda.

Aunque no me atrevería sugerirle a nadie sobre cómo dirigir un medio de comunicación social, si invito a mirar los medios como organizaciones, porque allí están algunas fuentes de males. Por ejemplo, puede un periodista con un sentido genuino de responsabilidad pero objetivos confusos, verse trabajando para otras agendas.

No es fácil dar noticias incómodas, hacer crítica. Podría ser cierta la noticia por la que te tomaste 85% del espacio comunicacional para matar un problema que después no era totalmente cierto y que, además, no se compara el 15% por ciento restante. Las estrategias sistemáticas de insultos con agendas inconfesables tuvieron su efecto en debilitar aún más instituciones de la entonces democracia venezolana. La crítica quizás auspició una ruta institucional para resolver el problema, pero también atrajo demonios.

Pero quienes trabajaban en los medios posiblemente no veían ninguna falla. La falta de pluralidad en las instituciones y en las universidades quienes graduaron a esos profesionales, hace que tengan posturas políticas similares y se repitan los mismos largos y cansones lugares comunes sobre el país, no quieran tampoco retarse a pensar de otra manera y hasta tengan los mismos gustos en música, cine y farándula.

Me pregunto si en el diario El Nacional de los años 90 algunos de sus trabajadores se atrevían a pensar fuera de su línea editorial progresista. Hasta impensable debió haber sido.

Por otra parte, Manuel Caballero escribía en la otra orilla, no se cansó de hacerlo hasta el final de sus días. Raras veces se equivocó.

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