Dejó para la posteridad una advertencia histórica alertando sobre el peligro de “las inclinaciones despóticas de los gobiernos antidemocráticos que, con alarmante facilidad, se implantan y se imponen en algunos de nuestros países”.

El pasado 5 de abril se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Rómulo Gallegos, considerado como el novelista venezolano más relevante del siglo XX, al igual que destacado literato latinoamericano contemporáneo.

Gallegos fue un intelectual comprometido con la causa de la democracia; como hombre público fue parlamentario y presidente de Venezuela elegido por una abrumadora mayoría, cuyo mandato duró nueve meses del año 1948, siendo derrocado por un golpe militar y exiliado primero a Cuba y luego a México, donde vivió y recibió el calor de su pueblo hasta su regreso a Caracas en 1958, cuando concluyó la dictadura.

A Gallegos se le reconoce por su prolífica obra literaria dentro de la cual destacan las novelas: Reinaldo Solar, La Trepadora, Doña Bárbara, Cantaclaro, Canaima, Pobre Negro, El Forastero, Sobre la misma tierra, La brizna de paja en el viento, El último patriota, Tierra bajo los pies. Asimismo, Gallegos es autor de los siguientes libros de cuentos: La doncella y el último patriota, Los aventureros, La rebelión y otros cuentos, Cuentos completos. Entre sus obras de teatro se cuentan las siguientes: Los ídolos, Los predestinados, El Motor, El milagro del año.

En su trayectoria como hombre de compromiso político generó una serie de discursos que en la actualidad cobran evidente vigencia, tanto por su profundidad como en su proyección hacia el futuro. De esta forma, cuando asume por primera vez la candidatura presidencial en 1941, destaca la esencia humanista de su formación a través de su discurso político: “¿Qué ha hecho ese hombre -preguntarán muchos por allá- para que otros llenen así la plaza pública en torno a él, de pie, como dispuestos a seguirlo, en atento silencio, cual si de sus palabras fuesen a tomar una lección provechosa? Nada, señores. Nada que muchos otros ya no hayan dicho sobradas veces y con mejor calidad de ejemplo. Apenas lo que todos estamos obligados a hacer, lo que no es posible que se desatienda o se traicione sin perder, desde ese mismo momento, lo esencial de la condición humana: la dignidad”.

Seguidamente, dibuja su ideal del deber ser de quien asume la política como tarea transformadora: “Como hombre público yo no he hecho sino lo que está al alcance de todos: mantener el decoro nacional, no apartarnos del camino de la honestidad, prestar el moderado servicio, que de mis aptitudes habría de esperarse, no tomar sitio en la subasta de los hombres que a otros hombres se les venden y se les entregan incondicionalmente. Eso y nada más. Fácil, sencillo, corriente. Ni sombra de virtudes de excepción solo al alcance de espíritus extraordinarios. ¿Un ejemplo?... ¿Por qué no? El que todos podemos dar, el que todos deberíamos darnos mutuamente. Un ejemplo de todos los días para todos los días. ¿No es así como se forma y se mantiene la virtud de un pueblo, antes que con producción esporádica de admirables casos de tiempo en tiempo?”.

Dentro de la secuencia de su discurso, Rómulo Gallegos abordó el tema de la relación entre la moral y la política destacando estas razones: “Pero si es cierto que moral y política son dos cosas distintas; también lo es que en Venezuela un solo nombre ha tenido el grave mal, casi secular de nuestra vida pública: la inmoralidad. Que no ha resistido solo -y esto hay que reconocerlo también en voz alta- en los hombres que han pasado por nuestro escenario político, sino también en la colectividad entera que, por entreguista o indiferente o pervertida, ha hecho posibles -incluso cohonestándolos- los abusos de la cosa pública, los atropellos de las personas y la prostitución de los principios desde la altura del poder”. Gallegos en 1948 asumió la presidencia de la república, electo por una inmensa mayoría y en esa ocasión destacó su ideario democrático: “Porque no me han movido hacia estas alturas ni personales apetencias de mando, ni codicia de bienes materiales sino la convicción de que tanto se pertenece uno a sí mismo cuanto más tenga su pensamiento y su voluntad al servicio de un ideal colectivo y este es el espíritu que me anima cuando me dispongo a asumir la grave responsabilidad que sobre mí ha recaído (…) ¿En qué lugar de mi patria podría haber para mí, refugio donde no pudiera sino hundir la frente entre las manos, si falto al honor de sucumbir a esa confianza? Yo sabré sucumbir antes que traicionarla”.

En 1960 fue designado presidente de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, en esa oportunidad manifestó: “En las altas esferas del espíritu, donde se mueve el pensamiento conductor de la experiencia humana hacia las realizaciones de la fraternidad universal -por encima de las aspiraciones mezquinas, de los egoísmos intransigentes y más aun de las apetencias de zarpazo y dentellada que todavía puedan estar permitiendo que el hombre sea lobo para el hombre, tanto en el orden individual como en el colectivo de los pueblos- toda actividad que sea ejercicio de buena calidad responsable, debe dedicarse a procurar que la inmensa familia humana, sin distingos de razas, de credos religiosos o políticos, tenga una igual, una misma posibilidad de disfrutar del bien de la vida, del amparo del orden jurídico estrictamente respetando a todos los pueblos”.

Y dejó para la posteridad una advertencia histórica alertando sobre el peligro de “las inclinaciones despóticas de los gobiernos antidemocráticos que, con alarmante facilidad, se implantan y se imponen en algunos de nuestros países, como por el apoyo que les prestan los intereses acomodados a las prácticas violatorias de la libertad, la tranquilidad y la dignidad humana”.

Para concluir, vale citar unas palabras de Rómulo Gallegos de su novela Doña Bárbara que hablan de la esperanza humana: “El mal es temporal, la verdad y la justicia imperan siempre”.

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