Es un mandato superior para todos defender a la patria y a la república, afirmar los valores y bienes fundamentales de las mismas sin los cuales seríamos culpables de los peores y más vergonzosos actos contra ella que sancionarán inapelables los pueblos y la historia.

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Acudimos nuevamente con honor y patriotismo al magisterio superior de Bolívar y a la consciencia pura de Martí, al mandato de uno, a la lección del otro, para definir en esta hora el deber indispensable, la acción que justifica, la verdad que define lo que somos y haremos ante el país.

No es y nunca ha sido la obediencia servil, la afrenta infame, la violación de los derechos, el ejercicio de violencia ilícita lo que debe realizar el ciudadano y el soldado, lo que debe ordenarse y acatarse en contra de la vida, la dignidad del hombre, ya que ello se opone a las lecciones de la historia, al mandato del derecho, a la sagrada voluntad del pueblo.

Las constituciones lo señalan, los tratados lo establecen, lo argumentan pensadores, filósofos, doctrinarios, estadistas, políticos, juristas, militares y gobernantes democráticos: las armas de la república no pueden emplearse para vulnerar los derechos, transgredir la ley, dominar a la Nación, sacrificar a pueblos.

Martí escribió con altura moral y ciudadana: “Patria es algo más que opresión, algo más que pedazos de terreno sin libertad y sin vida, algo más que derecho de posesión a la fuerza”. Anteriormente, Bolívar -el héroe extraordinario, el Libertador de las naciones, el que acató a los congresos, a la autoridad, a la voluntad de sus conciudadanos, el que defendió la república y obedeció la ley-, señaló muchas veces el deber militar frente a la república como lo hizo en Angostura -hace 200 años- cuando se opuso a que utilizaran contra el pueblo: “Armas liberticidas”; así como también lo sostuvo en Bolivia al advertir: “¡Dios nos preserve de que vuelvan sus armas contra los ciudadanos!”. Al final de su vida, al resumirlo todo, reiteró el mandato categórico de que las armas solo pueden emplearse en resguardo de los ciudadanos y para defender: “…las garantías sociales”.

La república es el gobierno de la ley y se opone a las dictaduras; la república es el gobierno de la soberanía popular; la república es el sistema de la libertad. A ella y sólo a ella se debe el militar, no a una voluntad que la mancille y desconozca. La república se opone a la opresión, no es el gobierno que somete a los pueblos. La espada, el arma, la determinación del soldado se rinde ante la dignidad del hombre, la vida y el honor de las naciones, los derechos y las libertades de todos.

El arma del soldado le pertenece a la nación. Es el objeto, es el bien con el que se preserva la libertad, la soberanía y la vida. No es arma criminal, no es el arma del delito, no es arma de agresiones, es el arma de la conciencia y de la ley, del honor y la virtud. No es el arma de la dominación injusta y humillante; no es el arma que ajusticia inocentes; no es el arma del arrebato vil y la violencia; no es ni puede ser el arma que amenaza y vulnera al ciudadano que ejerce rectamente su derecho.

La patria es como de nuevo lo refirió Martí: “…comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas”. Es por ello que la convivencia de la patria necesaria y conveniente solo puede realizarse en democracia como un sistema de gobierno y de vida auténtica y cabal cuya filosofía y práctica es la integración nacional y el respeto entre todos, la obediencia constitucional a la autoridad legítima, la subordinación inexcusable a la ley y a la soberanía popular.

Si se quiere entender el verdadero pensamiento republicano de Bolívar en el discurso de Angostura se aprecia buena parte del mismo de su admirable contenido y profunda filosofía política. En el texto, el Libertador se pronunció por la existencia de un gobierno republicano basado en la soberanía del pueblo, la división de los poderes y la libertad civil. Auspició el establecimiento de una república fuerte, estable, permanente en la cual el gobierno sirviese a la Nación, a la ciudadanía y cumpliese el sentido esencial del poder: alcanzar el bienestar del pueblo. Nos advirtió sobre los males de la tiranía, la anarquía, la opresión; nos indicó también la necesidad de que adquiriésemos virtudes políticas y ciudadanas. Se opuso de manera absoluta a cualquier forma de dominación ilícita ya que nunca deseó que gobernase en Venezuela: “un déspota para que tiranice la república”.

Acatar, reconocer, honrar a la patria es un acto sagrado. Debemos asegurar la vida de los ciudadanos, el respeto a los derechos, la dignidad humana, la libertad, la convivencia y la existencia de la nación. Es un mandato superior para todos defender a la patria y a la república, afirmar los valores y bienes fundamentales de las mismas sin los cuales seríamos culpables de los peores y más vergonzosos actos contra ella que sancionarán inapelables los pueblos y la historia.

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